sábado, 25 de abril de 2009

Proyecto Brainstorm

1
Eleanor Lanssing esperaba en la pequeña sala atestada de bancos del aeropuerto internacional de Christchurch la salida de su vuelo: Pacific Blue 6778 hacia Sídney. El pequeño aeropuerto está situado a menos de diez kilómetros del centro de la ciudad, y no le había tomado más de 25 minutos atravesar sus silenciosas calles en su todoterreno de alquiler en aquella mañana de domingo. La ciudad parece conservar, después de más de 150 años, al menos una parte de los valores que impulsaron a la sociedad anglicana que la fundó. Auspiciados por el arzobispo de Canterbury, decidieron levantar en un tranquilo y resguardado emplazamiento de la costa este de la isla sur de Nueva Zelanda una moderna Jerusalén, regida por las más estrictas costumbres victorianas y valores católicos, que supusiese un refugio para la familias de clase media, deseosas de abandonar la relajación moral y depravación de los barrios de Wellington. En la actualidad la población cuenta con más de 400.000 habitantes, siendo la segunda en tamaño del país, pero sin ninguna duda la primera en cuanto a visitantes. En las proximidades de la ciudad se puede disfrutar de la nieve, los paisajes salvajes, la naturaleza en estado puro, los deportes de riesgo y, en resumen, montones de actividades de esas que ahora se popularizan a medida que los hombres cada vez necesitamos con más urgencia volver a sentir la sensación de libertad y peligro que llevamos inscrita en nuestros genes.

Pero Eleanor no se había visto atraída hacia la ciudad por ninguno de estos aspectos, sino por una casualidad geográfica. La ciudad de Christchurch se encuentra exactamente en las antípodas de La Coruña. Si trazamos una línea recta que parta de la plaza de María Pita, en La Coruña, y la hacemos pasar por el centro mismo de la tierra, este imaginario eje surge como por arte de magia bajo los cimientos de la catedral de Christchurch, en la plaza del mismo nombre. Eleanor había descubierto este dato hacía menos de un mes, cuando un simple trozo de papel transformó su vida. Pero esa es otra historia a la que volveremos más tarde.

Mientras su cabeza repasaba una y otra vez los acontecimientos de los últimos días, el murmullo del aeropuerto comenzó a ser cada vez más evidente. Más y más personas acudían a la terminal, probablemente debido a que la hora de salida del vuelo a Australia se aproximaba. Eleanor se sorprendió rodeada de jóvenes greñudos, terriblemente morenos, cargados con mochilas y sus tablas de snowboard. Sabía que la mayoría eran australianos por esa forma curiosa que tienen de hablar. Siempre le recordaba a cuando intentas pedir un café en un bar tras salir de una sesión de más de dos horas de dentista con la boca entumecida. Aunque era incapaz de comprender ni una sola palabra, sabía con certeza que las conversaciones versaban sobre las hazañas, más o menos reales, más o menos exageradas, conseguidas sobre la nieve, o mejor aún, en las noches de juerga en Methven. ¿Tenía algún sentido recorrer más de dos mil kilómetros para emborracharse en un local idéntico a los que se pueden encontrar en cualquier esquina de sus ciudades, y tirar los tejos a las mismas chicas que, en la mayoría de los casos, asistían a su misma universidad y se cruzaban todos los días camino de la biblioteca? Parece que el síndrome del viajero se apodera de todos últimamente. Síndrome poderoso pero mutante, y siempre presente. Primero el hombre empezó a viajar para sobrevivir: buscar comida, buscar caza, buscar hembras. Después vino la curiosidad: hasta donde podemos llegar, que hay en la tierra. Luego vino la codicia: buscar oro, explotar a otros pueblos, el comercio. Más tarde, la vanidad: el explorador que recibe gloria por llegar al polo sur, por subir al Everest, por salir en el periódico. En una nueva vuelta de tuerca llegó el viaje por salud: ir a darse baños, a tomar el sol, a respirar el aire de la sierra. Ahora, la última razón es el viajar por anotar muescas en el revólver. El que más viaja es el más libre, el que ‘mejor se lo monta’, el espíritu más alocado, el ‘hombre de mundo’. Y nada más lejos de la realidad. A estos viajeros no les gusta cambiar de forma de vida, y los destinos turísticos lo saben. Montan enormes complejos que imitan y reproducen el ambiente de seguridad al que están acostumbrados los viajeros. Fundamental, no obstante, introducir con cuentagotas rasgos exóticos o supuestamente autóctonos que permitan a la gente contar algo cuando vuelva a casa. “Que palmeras”, “nos ponían plátano frito para desayunar”, “iban todos vestidos con unas mantas muy raras envueltas a la cintura”. Haced la prueba si no me creéis. Si conocéis dos personas que hayan viajado, digamos, a las islas Fidji preguntadles sobre el lugar. Invariablemente os contarán lo mismo: las mismas anécdotas, las mismas actividades, la misma falta de contacto con la gente de verdad, el mismo aislamiento en sus complejos turísticos.

Una voz nasal anunciaba la salida del vuelo 6778 de Pacific Blu con destino a Sidney. Los pasajeros de las filas 43 a 21 podían embarcar inmediatamente. El resto, a esperarse. Eleanor miró su billete para ver si había resultado agraciada en la lotería aérea y, para su sorpresa, vió que tenía asignado el asiento 38B. Recogió su bolso del asiento de al lado y se encamino al mostrador de embarque, con el pasaporte y el billete preparados. Una amable azafata, con rasgos nórdicos, y que no encajaba para nada en aquella parte del mundo, le sonrió amablemente mientras comprobaba sus credenciales y la tarjeta de embarque. Con un ligero movimiento del hombro derecho le indico que podía pasar. Tras dejar su ligera chaqueta y el bolso en el compartimento de la parte superior, Eleanor se acomodó en su asiento e inmediatamente buscó los extremos de su cinturón de seguridad para ajustárselo. Era una manía adquiría hace tiempo y sin ninguna razón aparente: siempre se abrochaba el cinturón nada más subirse en el avión y nunca se lo quitaba hasta llegar a destino. A medida que el avión se iba llenando vio que el asiento inmediatamente a su derecha no se ocuparía. Parece que era su día de suerte. Primero, embarcar al principio. Después, dos asientos para ella sola.
Los motores del avión comenzaron a zumbar y el aparato rodó silenciosamente hacia la pista de despegue. Los pilotos recibieron la confirmación para el despegue desde la torre de control. Empujando hacia adelanta la palanca de control, los motores rugieron al aportar la máxima velocidad de impulso y el avión salió disparado por la pista, adquiriendo poco a poco su máxima velocidad. En el último momento, cuando la nariz del avión debía elevarse despegando las ruedas del tren delantero del suelo, algo ocurrió. La barra de amortiguación del tren delantero se partió por la mitad como si la hubiesen cortado con un laser. La pareja de ruedas con parte de su sujeción de acero rebotó contra el suelo mientras el morro del avión se desplomaba sobre la pista. Por el impacto, el fuselaje se combó ligeramente hacia arriba, e impulso con fuerza los restos del tren delantero hacia atrás, incrementando el efecto de la velocidad. Las ruedas, girando enloquecidas, impactaron brutalmente contra la ligera estructura de aluminio del ala derecha del avión, justo al lado de uno de los motores. Esto provocó un enorme boquete en la parte inferior del ala, y por tanto, en el depósito de combustible allí alojado. El queroseno comenzó a brotar como una riada, empapando la pista, el fuselaje y entrando directamente en el motor. La fricción de las partes móviles de la turbina sumada a la entrada masiva de combustible generó en un segundo una bola de fuego, que salió como una bocanada entre las palas del rotor. Este fuego se extendió rápidamente por las zonas empapadas de queroseno, se introdujo en el depósito dañado y atravesó el avión pasando al ala izquierda. Allí, el combustible encerrado, entró en combustión. Al no poder expandirse, se produjo una tremenda explosión que desintegró el ala completamente, enviando fragmentos de ala y los motores como proyectiles contra el fuselaje. El impacto abrió el fuselaje en varios puntos, por los que penetro el combustible que volaba por todas partes. El interior se incendió a continuación, calcinando a más de mil grados las maletas, asientos, moquetas y cuerpos a su paso. Treinta segundos después, sobre la pista del aeropuerto solo quedaba un amasijo de hierros, carne, fuego y humo totalmente irreconocible. Los servicios de emergencia sólo encontrarían un superviviente: uno de los jóvenes esquiadores. Prácticamente calcinado, moriría en la ambulancia camino al hospital.

miércoles, 11 de marzo de 2009

112

"Hola, ¿es la policia?"
"Buenas tardes, señor. Por favor diga su nombre completo."
"Estoy sentado ahora mismo en el alfeizar de la ventana preparándome para saltar."
"Si llama usted por un ataque, pulse uno. Si llama usted por un suicidio, pulse dos. Para cualquier otra consulta, pulse tres."
Otto, sin dar crédito a lo que escucha, se separa el terminal de la oreja y pulsa el dos.
"Servicio de asistencia a suicidas. Diga su nombre completo, por favor."
"Oiga, señorita, usted es la misma de antes, ¿no?".
"Si, señor...no me ha dicho su nombre."
"Entonces, ¿me puede explicar para que me pide que pulse un número?"
"Es para nuestras bases de datos y estadísticas, señor".
"¡Pero que yo llamo porque me voy a suicidar!"
"Señor, ya hemos registrado que ustes ha pulsado dos. Por favor, deme su nombre completo."
"Si me voy a tirar por la ventana, ¿para que quieres mi nombre completo?"
"Es para nuestra base de datos, caballero. No puedo continuar con la llamada si no se identifica."
"Está bien, señorita. Mi nombre es Otto Garcia Joderovich."
"Uff. Muy bien, señor Garcia. ¿Su segundo apellido es por joder....jiji?"
"Señorita, le recuerdo que la llamo porque me voy a suicidar."
"Tiene toda la razón, señor García. Disculpe vuecencia."
"Señorita, su tono creo que no es el apropiado para la situación."
"Lo siento señor, pero no nos está permitido revelar nuestra situación."
"No le preguntaba eso, pero, ahora que lo dice, ¿no puede decirme donde está?"
"No, caballero, aquí en el centro de atención al cliente de Valladolid no nos está permitido. En el de Cadiz, si."
"Aja, la he pillado. Ya me ha dicho usted donde estan sin darse cuenta."
"De eso nada, yo no le he dicho que estamos en el Polígono Argales....uppssss."
"Sinceramente, señorita, me resulta indiferente donde esté usted. Yo se donde estoy yo, que es en un alfeizar en un décimo piso a punto de saltar."
"¿Sería usted tan amable de indicarme su dirección?"
"Mi dirección es vayase al carajo número que le den."
"Carajo, carajo... Lo siento señor, pero esta calle no me aparece en nuestro CRM."
"Grssdffereeddododod."
"Esa calle tampoco me aparece, señor."
"Señorita, ¿como se llama usted?"
"Zoraida."
"No me lo creo. Seguro que ese no es su nombre verdadero."
"No, señor, pero no puedo darle información sobre mi nombre verdadero."
"Pues me gustaría saberlo, porque empieza usted a gustarme."
"Pues no puedo decirtelo, Otto..."
"Si me lo dijeses yo también podría llamarte por tu nombre, falsa Zoraida."
"Bueno, de acuerdo, me llamo Antia. Y antes de que lo digas , te juro que este es el de verdad. Mi madre, que era gallega."
"Pues la mía alemana, de esas rubias enormes, que se casó con un inmigrante canijo de Santurce."
"Hay que ver las vueltas que da la vida. Yo tenía un perro que se llamaba Otto. Lo mató un coche."
"Hablando de matar, yo te llamaba precisamente por eso. Que me voy a tirar por la ventana."
"No digas tonterías, Otto. Si realmente no te interesase nada en este mundo, ¿a que viene esta conversación que hemos tenido?"
"Quizá tengas razón. No me había planteado nunca que la curiosidad puede ser un motor para la vida. Pues de eso estoy lleno."
"Entonces no te preocupes.....Por favor, señor, ¿puede indicarme usted su dirección?"
"¿Antia? ¿Que ha pasado?"
"Señor, en estos momentos todos nuestros operadores están ocupados. Llame pasados unos minutos"

CLACK

Otto, desconcertado, sujeta el teléfono entre las manos. Se aleja de la ventana. Tiene que averiguar más sobre esa chica. Volverá a llamar hasta encontrarla.

Ana comenta a su jefa que ya ha salvado a otro suicida. Con este van 25 en lo que va de semana. Todo un record. Nadie entiende cual es su método.

lunes, 9 de marzo de 2009

Guillermo II, Rufus (1087-1100)

Guillermo II, Rufus (1087-1100)

A pesar de la gran cohesión y orden establecidos en Inglaterra por el Duque de Normandía, el nuevo aparato administrativo sólo fue capaz de sobrevivir cincuenta años mas tras su muerte. Guillermo respetaba el tradicional carácter electivo de la monarquía inglesa, tal y como reconoció durante su coronación, pero en su lecho de muerte en Normandía nombró heredero al trono de Inglaterra a su hijo preferido, Guillermo Rufus, enviándole a Inglaterra bajo la protección del Arzobispo Lanfranc. Entregó, con desgana, el Ducado de Normandía a su primogénito Roberto, dejando tan sólo una modesta suma de dinero a su tercer hijo, Enrique Beauclerk. La semilla de los problemas estaba sembrada.

Lo dominios gobernados por Guillermo II, Rufus, estaban fuertemente entretejidos en una complicada maraña familiar. El Rey de Inglaterra y el Duque de Normandía reclamaban lealtad, cada uno por su parte, a todos los terratenientes y nobles desde la frontera escocesa hasta Anjou. Y estos magnates y condes hicieron todo lo posible por fomentar la enemistad entre ambos gobernantes. La situación sólo se podía solucionar si uno sólo de ellos controlaba tanto Normandía como Inglaterra. Por si fuera poco, Normandía estaba rodeada de enemigos, que intentaban recuperar territorios perdidos en el pasado a manos del Duque. Uno de estos enemigos era la mismísima Iglesia de Roma, que rápidamente incrementaba su poder y prestigio a costa de las monarquías feudales. Tanto Guillermo Rufus como su sucesor Enrique I tuvieron que enfrentar problemas que estaban más allá de sus capacidades para resolverlos.

Los principales magnates aceptaron la coronación de Guillermo Rufus oficiada por Lanfranc en Septiembre de 1087, acatando las ordenes del arzobispo, demostrando el grado de poder que había alcanzado la Iglesia de Inglaterra. El nuevo monarca era un hombre ignorante, avaricioso e impetuoso, el tipo de gobernante que el país menos necesitaba en este o en cualquier otro momento. Según palabras de Guillermo de Malmesbury, había llegado a un punto de degradación más allá de cualquier posibilidad de recuperación moral o personal. Parece ser que la única actividad aceptable para él era la guerra; su corte se convirtió en lugar de peregrinación para armeros, expertos militares y mercenarios; la nobleza vivía de la tierra tomando lo que querían cuando quería de quien fuese. Para entretener a sus amigos, el rey ordenó la construcción de una enorme sala de banquetes en Westminster.

Inevitablemente, estalló una primera rebelión. Encabezada por el Obispo Odo de Bayeux, antiguo amigo de Lanfranc, tuvo lugar en 1088, con el objetivo de instalar a Roberto de Normandía en el trono inglés. Para defenderse del ataque, Rufus pidió la ayuda incondicional de sus súbditos. Les prometió leyes más justas, la revisión a la baja de los impuestos, y la derogación de gran parte de las leyes forestales instauradas por Guillermo. No tenía ninguna intención de cumplir estas promesas, pero con ellas consiguió reunir un ejército que derrotó con facilidad a las desorganizadas fuerzas rebeldes. En estas desfavorables condiciones, el Duque Roberto prefirió abandonar sus pretensiones por el momento. El ejército de Odo, rodeado en Rochester, ofreció su rendición, y el propio obispo fue deportado a Europa. La muerte de Lanfranc supuso la desaparición de la única persona con poder suficiente para exigir a Rufus el cumplimiento de sus promesas. El rey podía permitirse ahora nombrar libremente a cualquiera de sus secuaces para los cargos más relevantes, y, confirmándolo, nombro responsable del tesoro de Inglaterra a Ranulf Flambard.

A pesar de las errores de Guillermo II, Inglaterra tenía un gobierno estable y firme comparado con el de Normandía, donde se había instaurado una situación de anarquía permanente, con el Duque Roberto, incapaz de controlar a sus magnates que pagaban guerras privadas, construían castillos sin su permiso y actuaban como soberanos independientes. Rufus supo ver lo oportuno de la situación y lanzó una invasión sobre el Ducado en 1090, como venganza por la participación de Roberto en la rebelión de dos años antes. Contó con la ayuda de Felipe de Francia, sobornado para dejar a Roberto sin apoyos.

La ofensiva lanzada por Malcolm de Escocia en 1092 obligó a Rufus a llevar su ejército de vuelta a Inglaterra, donde estableció un cuartel general en Carlisle, en la frontera escocesa. Durante el año siguiente, el rey escocés fue asesinado en Malcolm’s Cross a manos de Earl Mowbray. Los acontecimientos que sucedieron a este asesinato, fundamentalmente la alianza entre Donaldbane y Magnus de Noruega, crearon una nueva amenaza para Guillermo. Sin embargo, Normandía ocuparía su política militar durante los siguientes tres años.

En Normandía, el Duque Roberto decidió atender la llamada del Papa Urbano a la Cruzada, para recuperar Tierra Santa de manos de los turcos, permitiendo el libre paso de los peregrinos. Para obtener los fondos necesarios y financiar la campaña, hipotecó el Ducado de Normandía por 10.000 marcos dejándolo en manos de Guillermo. Esta fantástica suma no podía obtenerse de una Inglaterra ya seca tras sufrir durante años todos los métodos de extorsión imaginados por Flambard. La Iglesia se convirtió en la única fuente posible de financiación. “¿Acaso no tenéis cajas de oro y plata llenas de huesos de muertos?” contestó el rey ante las protestas de los obispos.

La ausencia de Roberto de Normandía, ocupado en su aventura en Oriente Medio, supuso un golpe de buena suerte, y un respiro, para el Rey de Inglaterra. Pudo acabar con Donaldbane en Escocia, entregando el trono escocés a uno de sus vasallos, Edgar. Reprimió los alzamientos en Gales vendiendo el Condado de Shrewsbury a uno de sus magnates normandos. Y comenzó la campaña orientada a conquistar Francia. En Agosto de 1100 Guillermo fue asesinado durante una cacería en el New Forest, pasando el trono de Inglaterra a su hermano Enrique.

martes, 3 de marzo de 2009

Tomo y Obligo

Tomo y obligo, mándese un trago,
que hoy necesito el recuerdo matar;
sin un amigo lejos del pago
quiero en su pecho mi pena volcar.
Beba conmigo, y si se empaña
de vez en cuando mi voz al cantar,
no es que la llore porque me engaña,
yo sé que un hombre no debe llorar.

Si los pastos conversaran, esta pampa le diría
de qué modo la quería, con qué fiebre la adoré.
Cuántas veces de rodillas, tembloroso, yo me he hincado
bajo el árbol deshojado donde un día la besé.

Y hoy al verla envilecida y a otros brazos entregada,
fue para mí una puñalada y de celos me cegué,
y le juro, todavía no consigo convencerme
como pude contenerme y ahí nomás no la maté.

Tomo y obligo, mándese un trago;
de las mujeres mejor no hay que hablar,
todas, amigo, dan muy mal pago
y hoy mi experiencia lo puede afirmar.
Siga un consejo, no se enamore
y si una vuelta le toca hocicar,
fuerza, canejo, sufra y no llore
que un hombre macho no debe llorar.

domingo, 1 de marzo de 2009

Metamorfosis

Siempre le había gustado el agua. Estanques, torrentes, incluso el mar, pero sobre todo, los ríos. Disfrutaba remojándose, con la mitad del cuerpo en el agua, la mitad fuera, como si fuese una criatura ancestral pillada pasando del agua a la tierra.

Con un viejo vestido de su madre, hizo su primer traje de pez, con una tela dorada muy gruesa estampada con abstractas formas asemejando olas. Tenía lentejuelas verdes y doradas bordadas en el cuello. Recordaba a su madre con aquel vestido, preparándose para asistir a una fiesta, inclinándose sobre él para darle un beso de buenas noches, y las lentejuelas brillando en la oscuridad como si ella fuese un ser mágico salido de su libro de cuentos de hadas.

Cortó el vestido formando un ovalo, tanto por delante como por detrás, dejando un agujero en uno de los extremos para poder sacar la cabeza. A ambos lados, unos trozos triangulares de plástico simulaban aletas, y otro más hacía las veces de cola. Por supuesto, a su edad no sabía usar aguja e hilo. Cosía de forma torpe, experimentando en cada puntada, provocando arrugas en algunas partes y bubones en otras. Sin embargo, plantado a un par de metros del espejo, en la oscuridad de su habitación verde aguamarina, y entornando lo ojos, el traje parecía funcionar.

Tardó unas semanas en atreverse a salir a la calle con el traje. Conocía un recodo en el río que era tranquilo y solitario. En realidad se conocía cada recodo del río, y sabía que ese era el mejor. Metió el traje en una bolsa de plástico con la marca del supermercado, y se dirigió al río. En cuanto llegó a donde quería, se quito la ropa a toda prisa y se puso el traje, completando en cinco minutos su modesta versión de la transmutación entre especies. Se sentó en el borde del río y poco a poco fue metiéndose en el agua hasta que sólo la cabeza sobresalía del agua. Al principio se sintió extraño. Entonces se dio cuenta: el sentimiento extraño era en realidad una profunda alegría. Apoyó la cabeza sobre una playa de piedras, con el cuerpo dentro del agua, y permaneció así durante horas, dejándose mecer por la corriente. Cada cierto tiempo doblaba el cuello, metiendo la cabeza bajo el agua para ver pequeños peces que le rodeaban, observándole con curiosidad. También observaba como, poco a poco, sobre el traje se acumulaba la nata verde de las aguas estancadas, mientras una miríada de renacuajos jugaba con sus aletas. Por primera vez en su vida sintió que encajaba con su cuerpo y con su piel.

Desde entonces, todos los días iba al río. Recordaba esa época como la mejor de su vida, pero, al ser viejo el material del traje, duró poco. Acabó prácticamente convertido en girones.

Con su segundo traje, se equivocó. Hecho de tela de polyester barata, en el agua se volvía insoportablemente pesado, arrastrándole hacia el fondo. Tras sólo una semana, decidió descartarlo.

Para el tercer traje decidió usar un nuevo material verde y sólido, que se encontró un día mientras paseaba al lado del río. La tela era fuerte y parecía fabricada para estar en el agua. Colocó una única y larga cremallera en la espalda. Cuando se metía dentro y cerraba la cremallera, sólo podía inclinar el cuerpo hacia los lados, y pegar saltos hacia adelante y hacia atrás. Delante del espejo, practicó los movimientos. El reflejo era el de un pez, el humano no estaba. Con el traje se sentía como un viejo pez de río, quizá una trucha, que, tras burlar a los pescadores durante años, vivía tranquila y segura, sin ninguna preocupación.

Se llevó el traje al río, se lo puso rápidamente y se metió en el agua. El traje era simplemente perfecto. Todos los agobios y presiones de ser humano se disolvieron en un segundo. Dentro del traje ya no contaba con la ágil y analítica mente de un mamífero. Sus pensamientos se volvían lentos, asumiendo la actitud de una gran trucha irisada. Hubo ratos en que se olvidó por completo de su naturaleza humana.

Comenzó a anochecer, y cuando la luz era prácticamente imperceptible se impulsó fuera del agua a la orilla. Entonces se dio cuenta, con cierta sensación de miedo, que la tela del traje había encogido con el agua. No podía alcanzar la cremallera. Había hecho el traje muy ajustado, intentando que fuese lo más auténtico posible, pero no había contado con tener que quitárselo estando mojado. Es posible que su metamorfosis pisciforme se hubiese extendió de su exterior al interior. Veía el mundo como un pez, y un pez nunca tiene que pensar como quitarse la piel.

Sudando y con el pánico extendiéndose por su cuerpo, las próximas horas fueron una sucesión de empujones, encogimientos, estiramientos y saltos, avanzando centímetro a centímetro en un esfuerzo puro de voluntad. En ningún momento gritó pidiendo ayuda. ¿Cómo enfrentarse al ridículo? Con el tiempo llegó a una hondonada donde se detuvo, sin fuerzas para continuar o gritar, aunque hubiese querido. Pero, incluso entonces, se sintió satisfecho de no ver a nadie observándole. Después de todo, ¿cómo hubiese explicado su situación?
Meses después su cuerpo putrefacto y gaseoso, embutido como una salchicha en el traje de pez, fue encontrado a bastantes metros de la ribera. Se había arrastrado durante días.

sábado, 28 de febrero de 2009

Volver

Era mi cuarto viaje a Asturias desde que había emigrado a Suecia. Sentado en la cocina de mis padres me pregunte si tenía sentido seguir viniendo. Desde la muerte de mi madre, tres años atrás, las conversaciones con mi padre no eran más que las estrictamente requeridas por la cortesía. En realidad, hablar de conversaciones es demasiado. Eran más bien mensajes cortos e instrucciones. “Asegúrate de que esta vez vas a ver a tu tía antes de irte – se molestaría si supiese que has venido y no la has visitado”, ejemplo típico de nuestras ‘conversaciones’. Tras soltarlo, respiraba profundamente, terminaba a toda prisa su taza de café y salía de casa sin destino determinado – aunque casi siempre acababa en la taberna. Se pasaba fuera todo el día, aparecía tambaleándose a última hora del día y, tras pasar por el baño y tirar de la cadena, desaparecía en su cuarto con un sonoro portazo. Poco despues se oía el choque de sus pesados zapatos contra el suelo, seguido por el silencio.

Entendía en cierta forma la historia de mi padre, tras haberla investigado a fondo. Nacido en una familia de obreros – mineros en su mayor parte – de los buenos. Duros trabajadores y grandes bebedores también – de los acostumbrados ha sobrevivir en tiempos difíciles. El año, mil novecientos treinta y cuatro. Ojos inquisitivos cantaban canciones libertarias. Susurros de venganza, transmitidos en secreto, anidados durante años en sufrimiento y dolor.

El sólo tenía cinco años cuando las tropas de la república llegaron al pueblo. Malos tiempos para ser niño. Todo se gestaba en secreto, y no se perdonaban los errores, ni aunque fueses un niño. No dormir se convirtió en una epidemia mientras una generación de hombres sufría por la falta de poder para controlar su destino. Mientras en público seguían con sus bravuconadas, eran los niños, en casa, quienes pagaban la frustración de sus padres castrados. Así se transmitió el sentimiento de padres a hijos. Tratados como bestias, se convirtieron en animales. A la vez que aumentaba el miedo de los hijos hacia los padres, estos trataban de demostrar su desprecio al miedo en si. Trataban de ser pequeños héroes para ganarse el afecto de sus padres, pero realmente eran pequeños despojos – espejos que reflejaban el desprecio a si mismos de sus mayores.

Cuando crecieron, los niños se tornaron hombres con imágenes muy claras de si mismos. Inútiles, despreciables, cobardes, fracasados. Montaron sus vidas, lo mejor que pudieron, para reflejar esa imagen, pero los ocasionales y exagerados estallidos de furia no ocultaban su miedo al enfrentamiento y el conflicto. Buscaban olvidar con la bebida y la falsa camaradería lo que más odiaban de si mismos – su vulnerabilidad. Nada funcionó. Agobiados por sus miedos y llenos de furia, sin saber muy bien la razón.

Oí a mi padre toser al levantarse de la cama. La puerta de su habitación se abrió y le vi arrastrar los pies hasta la cocina, totalmente vestido, buscando la primera taza de café. Vamos otra vez con la pantomima, pensé para mis adentros.
“Buenos días, papa”
“Hola, hijo”
“¿Quieres un cafetito?”
“Pues no estaría mal”
“Hace un frío de pelotas, ¿no?”
“No es para tanto”
“¿Dónde anduviste ayer?”
“Donde siempre. ¿A que viene el tercer grado?”
“Nada, hombre. Me pareció que estaría bien charlar un rato. Eso es todo”
Aprovecha el silencio, pensé, no rellenes el vacío, espera. Espera. Transcurrió un agónico minuto de tranquilo dolor pero esperé, y, al fin:
“La echo de menos, sabes”, dijo, mirándose las manos que sostenían la taza de café a la altura de su pecho. “Hubiese cumplido 60 el mes que viene”. Con voz emocionada, hizo una pausa, carraspeo sonoramente, y se saco un pañuelo de tela del bolsillo. Alejó suavemente su silla de la mesa, intentando escapar.
“Yo también la echo de menos, papa”
Pausa. “Lo se, hijo. Ya lo se”, dijo poniendo una de sus manos sobre las mías. Nos miramos a los ojos por un segundo, y sonreímos.
“¿Qué tenías pensado hacer hoy?”, preguntó.
“Pues, sinceramente, no tengo planes de ninguna clase”
“¿Por qué no nos vamos a ver a la tía los dos juntos?”, dijo, “y despues podemos dejarnos caer por la tasca para echar la partida y tomarnos una cerveza con los del pueblo”
“Pues me parece un buen plan, papa”
“Entonces, adelante. Por cierto, espero que lleves dinero porque yo ando sin blanca”, me dijo guiñándome el ojo izquierdo.

martes, 24 de febrero de 2009

Amor

Atrapada en las nieblas del tiempo había una isla que era la casa de los sentimientos: alegría, tristeza, consciencia,y todos los demás, incluido el amor. Un buen día se anunció a los sentimientos que la isla se estaba hundiendo de forma irremisible, y todos los sentimientos fabricaron balsas para escapar al desastre. Excepto uno: Amor.

Amor fue el único que se quedó, aferrándose a su isla hasta el último momento.

Cuando la isla se encontraba prácticamente sumergida, Amor decidió pedir ayuda. Cerca de Amor se encontraba en ese momento Riqueza, subido en una balsa suntuosa, y Amor le dijo así: "Riqueza, por favor, ¿puedo subir contigo?". Riqueza, sin dudarlo, contestó: "No, de ninguna manera. Tengo la balsa repleta de oro y plata. No tengo sitio para ti".

Tras Riqueza Amor vio acercarse a Vanidad, en su bella balsa. "Por favor, Vanidad, ayúdame", gritó Amor. Y Vanidad le contestó: "Lo siento, Amor, no puedo ayudarte. Estando todo mojado como estas seguro que me arruinas mi preciosa balsa".

Amor, ya desesperado, pregunto a Tristeza que pasaba a su lado: "Tristeza, déjame subir a tu balsa", a lo que Tristeza contestó: "No puede ser, Amor, estoy tan triste que quiero estar sólo".

También pasó Alegría al lado de Amor, pero estaba tan feliz que ni siquiera escuchó los gritos de Amor pidiendo ayuda.

De repente una voz dijo: "Ven, Amor, yo te llevaré". Se trataba de un anciano, pero Amor, sintiéndose afortunado y muy contento, se olvido de preguntarle quien era o a donde se dirigían. Cuando llegaron a tierra firme, el anciano siguió su camino, dejando solo a Amor.

Percatándose de cuanto le debía, Amor pregunto al anciano Conocimiento: "¿Puedes decirme quien me ha ayudado". "Claro", contestó Conocimiento, "ha sido Tiempo". "¿Tiempo?", preguntó Amor, "¿y por que me ha ayudado Tiempo?". Conocimiento, sonriendo, contestó sabiamente: "Porque sólo el Tiempo es capaz de comprender la verdadera importancia del Amor".

lunes, 23 de febrero de 2009

Mahler y Visconti

Ya sabía yo que la quinta de Mahler me sonaba de algo, y veo en un artículo que no sólo me obsesiona a mi:

"Este movimiento fue inmortalizado en la película Muerte en Venecia, dirigida por Lucino Visconti. La película se basa en el libro de Thomas Mann, quien admiraba a Mahler al punto tal de llamar a su personaje Gustav, en su homenaje. Visconti, además lo refuerza transformándolo en músico, en el libro de Mann es escritor. La sinfonía n° 5 acompaña a toda la película y el adagietto corona el trágico y triste final de la misma. Nadie que haya visto la obra de Visconti olvidará el exquisito cuarto movimiento de la quinta de Mahler."

Fuente: Wikipedia

viernes, 20 de febrero de 2009

Dios

- Hola hijo, ¿que tal el colegio hoy?
- Pues, papa, sigue siendo el mismo edificio de ladrillo rojo que ayer.
- Desde luego, como eres. Por cierto, ¿has perdido un guante? Veo que solo llevas uno.
- No, papa, he encontrado uno.....¿Puedo hacerte una pregunta?
- Claro, hijo.
- ¿Es verdad que los padres saben más que los hijos?
- Hombre, pues claro que si.
- Papa, ¿quien inventó el teléfono?
- Pues fue un caballero llamado Bell.
- ¿Y porqué no lo invento su padre?
- Anda, déjate de historias. Mira por la ventana. Parece que han esquilado a las ovejas.
- Si, por este lado si.
- Y son blancas.
- Si, por este lado si.
- Pero hijo, ¿estarán esquiladas y serán del mismo color por todos los lados?
- Tendría que verlo, pero nada lógico me hace pensar que sea así.
- Desde luego, eres capaz de demostrarme que dos más dos son cinco.
- Eso no, pero si fuese cierto yo sería Dios, y lo puedo demostrar.
- Pues adelante, altísimo.
- Si 2+2=5, restando 2 de ambos lados 2=3. O lo que es lo mismo 3=2. Si resto 1 en cada lado 2=1. Como Dios y yo somos 2, y 2=1, Dios y yo somos uno. Por tanto, soy Dios.
- Hijo, vete con tu madre, que no hay quien te entienda.

jueves, 19 de febrero de 2009

La tabla de multiplicar

Siempre me ha parecido un poco absurda la forma en que aprendemos a multiplicar: memorizando tablas como loros. Un día me puse a investigar si no habría una forma más sencilla de hacerlo que no generase coros de niños cantando el dos por dos cuatro, dos por tres seis.

Mira por donde, aún hoy en día, los campesinos rusos (los rusos siempre han sido un pueblo ingenioso) siguen utilizando una forma curiosa de multiplicar, que a mi me parece mucho menos tediosa y más divertida.

Supongamos que se quiere multiplicar 50 por 33. Se escriben ambos números al principio de sendas columnas. Empezamos con la primera columna y vamos dividiendo el número por la mitad, sin decimales, hasta llegar al 1. En la otra columna vamos doblando el otro número. Sería algo así:

50 33
25 66
12 132
6 264
3 528
1 1056

Ahora, de la columna de la derecha, en la que vamos multiplicando por dos, quitamos los números que se correspondan con cantidades en la columna de la izquierda que sean pares. En nuestro caso eliminamos el 33, el 132 y el 264. Si sumamos el resto de números que nos quedan: 66+528+1056 = 1650. El resultado es exactamente el mismo que al multiplicar 50 por 33.

Con este sistema, sólo es necesario conocer la tabla del dos. La de dolores de cabeza que nos hubiésemos ahorrado en la escuela.